En la mañana de este viernes, Solari fue hallado desvanecido en su casa, en una piscina cubierta. Lo encontró una asistente y, cuando llegaron los médicos de urgencia, constataron que había fallecido. Como tenía un golpe en la cabeza, la fiscalía de turno ordenó una autopsia. El informe preliminar, conocido en la tarde de este viernes, precisó que a causa de un ACV hemorrágico el músico “falleció en forma inmediata” y que “no hubo ahogamiento”. El Indio Solari había nacido en la ciudad de Paraná, en 1949, y se había criado en La Plata. Allí había conocido al guitarrista Eduardo Skay Beilinson, con quien engendraría hacia 1976, a los Redonditos de Ricota. La banda alumbró una de las discografías más influyentes de América Latina, con una decena de álbumes. Hacia fines de los 80, la banda se había convertido en un símbolo de independencia artística e incontenible convocatoria, gestado por fuera del dominio de las grandes compañías discográficas. Su público creciente desarrolló los rituales de una idiosincrasia única, “la misa ricotera”, cuyo principal emblema quizá haya sido “el pogo más grande del mundo”, la multitudinaria danza casi tribal que hacía estallar la interpretación en vivo de canciones como Ji Ji Ji. La banda se disolvió en 2001, cuando había alcanzado el pico de reconocimiento del público y la crítica. Después de tres años de silencio, Solari conformó otro grupo, centrado en su figura: Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Bajo esa denominación publicó cinco álbumes, desde El tesoro de los inocentes (2004) hasta El ruiseñor, el amor y la muerte (2018), y protagonizó diversas presentaciones en vivo. La última sobre el escenario fue en 2017, en la ciudad de Olavarría, y congregó a unas 300.000 personas. Desde aquel momento, la participación de Solari en los recitales fue virtual o a través de mensajes grabados. La enfermedad que marcó sus últimos años había puesto a la muerte como materia de reflexión recurrente para Solari. En su autobiografía Recuerdos que mienten un poco (Sudamericana, 2019), basada en diálogos con el escritor Marcelo Figueras, el músico esbozó cómo imaginaba su partida: “A la hora de irme, me gustaría hacerlo a la manera de Leonard Cohen: levantándome en mitad de una partida de póker sin llamar la atención, dejando las cartas sobre la mesa, sin interrumpir el juego y con la confianza de que mis compañeros no darán vuelta los naipes para adivinar qué me traía entre manos. Me gusta por lo austera, esa idea: irse callado, sabiendo que llegó tu momento de perder y sin distraer al resto de los jugadores, que merecen seguir adelante”. Pocas líneas después, agregaba: “Sólo aspiro a que la muerte me encuentre vivo”.
